Hoy importa menos que sea un nuevo día
para rodearse de viejas preguntas,
para ajustarse la conciencia de tener algunos huesos débiles
y uno que otro nudo metálico.
Olvidarse de la tediosa tecnología de respirar,
asumir el asimétrico riesgo de las frases que escribo,
de la sangre que emano, del oxígeno que tiranizo,
de los pensamientos que esquivo.
Tratar de arrancar el nombre de una mujer
que se esconde en cada agujero oscuro de la ciudad
y que se aparece como tantas veces junto al aire para despeinarme,
por la ventana del bus
dejando alguna huella arbitraria en todas las cosas
que buscan su propia consistencia lógica para alimentar la realidad.
Hoy importa más abastecerme de mi primer llanto,
pronunciar mi primera palabra,
rehacer mi primer beso, saborear mi primer dolor,
lanzar mi primer grito de guerra,
acorralar todos mis recuerdos que en este instante
me deshacen en una excelsa debilidad
para redescubrirme y recordarme
en cada estación visitada, en cada meta llegada,
en cada paraíso explorado, en cada infierno sumergido.
Hoy tengo ganas de barajar lentamente la melancolía de la lluvia,
hoy tengo ganas de aferrarme religiosamente sin equipajes
a mi primera travesura, a mi primera pelota de fútbol;
sostener sin corazas mi delirio de ser una leyenda
entre muslos encendidos,
pasear descalzo y sin legajos por mis propias histerias,
celebrar mis fracasos y sorprenderme como si escuchara una nueva canción.
Hoy importa menos que sea un nuevo día
para agotar cada desatino
y ser políticamente mortal y seguir estratégicamente vivo.